Un inolvidable día, el 23 de septiembre de 1980, conocí a un personaje entrañable, la doctora María Reiche, famosa científica que descubrió para el mundo a uno de nuestros grandes tesoros, las líneas de Nazca y desarrollo la explicación científica de cómo habían sido trazados en el desierto estos gigantescos geoglifos y que se veían solo desde el aire. Eran sus figuras, su vida misma.
En su campamento, hablamos de su fabuloso trabajo y recibí un regalo que atesoro en mis recuerdos, una larga y franca sonrisa de aprobación, cuando escuchó mi versión mitológica de su colibrí y mis deseos de descifrar los misterios de la fuerza de la vida.
De regreso en hotel de Nazca, comencé a hojear por enésima vez el hermoso libro que había adquirido en el museo, admiraba cada una las misteriosas figuras, cuando llamó mi atención, brillaban como el lucero del alba, la figura del mono y su simbólica cola, allí estaba el talismán que había buscado con ahínco.
Esa noche no dormí de impaciencia, debería estar en el lugar lo antes posible, pocas horas después estaba parado al centro de la espiral - en la Cola del Mono – sentí de inmediato su gran energía - telúrica - al iniciar el periplo desde el pasado rumbo al futuro.
Me habían proporcionado unas especiales sandalias con ancha y delgada plataforma para no dañar las huellas de la figura. Caminando en silencio, lentamente y con profundo respeto, sentí en cada paso, con gran intensidad la fuerza de los siglos, giraba vertiginosamente a mí alrededor, acompañados de un remolino de luz multicolor, producido por danzarines rayos de sol que paralizaban cualquier forma de entendimiento y dejaban lugar solo a una total subyugación.
Cuando termine el recorrido estaba mareado y mientras recobraba el aliento comencé a sentir una fresca satisfacción - una especie de paz interior - que neutralizaba al inclemente calor de las pampas de Nazca.
Felipe Cáceres, mi erudito guía noto de inmediato mi turbación, diligentemente me ofreció agua fresca y espacio para que pudiera asimilar lo que había sucedido.
Minutos después y ya en el camino de regreso, me dijo; compadre, existe una persona que conoce la historia y los secretos de la cola del mono, el lugar es un poco lejos y difícil de llegar, pero creo que vale la pena el encuentro, sino nunca vas a entender lo que ha sucedido esta mañana.
El camino recorrido a partir del centro de la espiral de la cola del mono, camine durante unas tres horas para completar el circuito y llegar al pozo de la vida un manantial de agua cristalina y fría en medio del desierto, al que había que bajar por una espiral de piedra.
Felipe prosiguió...Voy a necesitar como una semana para arreglar los detalles del viaje y obtener los permisos respectivos, especialmente coordinar aspectos ceremoniales, no es una tarea fácil.... hay que tocar muchas puertas y algunas ventanas... por supuesto, conteste de inmediato.
La siguiente semana fue de ansiosa espera, mitigada por la hermosa piscina del hotel, una gastronomía sin par y harto pisco sour, elementos que acondicionan positivamente a cualquier mortal. En pleno disfrute del sexto atardecer, apareció nuestro guía diciendo, Jaime, esta todo arreglado, partimos el lunes a primera hora.
El lunes 6 de octubre de 1980, partimos de Nazca muy temprano, en una vieja y dura camioneta acostumbrada a los caminos de sierra, era una experta trepando montañas. Si se descontaban los frecuentes golpes por la rígida suspensión, el transporte era bueno, panorámico y seguro.
Estaba dispuesto a emplear toda mi atención en grabar el paisaje del camino y tratar de descifrar algún mensaje de la cambiante naturaleza, que nos sorprendía a medida que subíamos, escalando un nuevo piso ecológico.
Pasamos por: Agua Salada, La Yapana, Ocungalla, Orcona, Pirca, hasta que los lugares dejaron de tener nombre. Al anochecer llegamos a un modesto albergue donde nos atendieron muy bien.
Al día siguiente, iniciamos la siguiente etapa del recorrido, para ello empleamos unas tres horas, transitando por un estrecho y empinado camino hasta una meseta donde organizamos un pequeño campamento, allí dejamos la camioneta, él último tramo del trayecto solo se podía recorrer a pie.
Al comienzo se sucedían de cuando en cuando los poblados, luego dieron paso a paisajes cada vez más limpios y diáfanos. El marco principal era el silencio, todos comprendían que nos dirigíamos a un lugar especial, mágico y sagrado.
El código implícito del viaje, era que las preguntas tenían que ser solo las indispensables y sabíamos que muchas de las explicaciones habían que dejarlas a la libre interpretación personal, porque quizás jamás tendrían respuestas precisas... porque no existían... o solo bastaba un sentimiento de fe.
La expectativa aumentaba a medida de que nos acercábamos a nuestro destino, una hora antes, en plena caminata todos sabían que habíamos llegado, porque la naturaleza nos lo manifestaba de muchas maneras, a través de una fuerza extraña, de energía vital.
Llegamos a un pequeño pueblo, muy ordenado, a guisa de monasterio, al pie de la montaña, los edificios tenían una sola planta con base de piedra labrada, las paredes de adobe enlucido pintados de ocre, puertas de cañas de eucalipto y techos de ichu.
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